Del arte de la atarraya al turismo que conserva la vida.
- Mi Lente y Sus Historias

- 15 feb
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En las aguas tranquilas de la ciénaga, donde el sol se refleja como un espejo dorado y el canto de las aves marca el ritmo del amanecer, comenzó la historia de Carlos Vizcaíno, un hombre cuya vida ha estado profundamente ligada al territorio y a la pesca artesanal.
Desde muy pequeño aprendió el arte que heredó de generaciones anteriores. Salía del colegio y, junto a sus compañeros de estudio, corría hacia la ciénaga. Allí, debajo de los palos y trozos de madera sumergidos, buscaban los peces y los atrapaban con la mano. Reunían ocho o diez y regresaban felices a casa, orgullosos de su pequeña faena. No era solo un juego: era el inicio de un conocimiento ancestral que se iba sembrando en su corazón.

A los nueve años, su padre le tejió su primera atarraya, aquel regalo marcó un antes y un después. Junto a su primo de andanzas salía a pescar con mayor compromiso. Cuando alguien mayor lanzaba la atarraya, carlos patroneaba, es decir, remaba la canoa. Así transcurrieron más de treinta años entre jornadas de madrugada, aguas abiertas y el aprendizaje constante que solo la naturaleza puede enseñar.
Con el paso del tiempo, el desarrollo industrial comenzó a transformar el territorio, nuevas oportunidades laborales aparecieron y Carlos decidió prepararse, estudió técnicas que respondían a la demanda del empleo formal. Poco a poco dejó la pesca activa; ya no salía cada día a lanzar la red, sino que compraba el pescado a otros pescadores y lo comercializaba en la ciudad. Era una nueva etapa, marcada por la adaptación y la búsqueda de estabilidad.
Sin embargo, el llamado del territorio nunca desapareció.
Antes de la pandemia, a través de una oferta institucional, ingresó a un curso de turismo cultural comunitario. Esa experiencia cambió su mirada, comprendió que la ciénaga no solo era fuente de alimento, sino también de historia, identidad y riqueza natural. Descubrió que podía mostrar otra visión del territorio: una donde la tradición, la cultura y la biodiversidad fueran protagonistas.

Desde entonces, Carlos comenzó a utilizar todo su conocimiento para ofrecer recorridos en su canoa y organizar su propia agencia promotora de turismo comunitario. Hoy por hoy, no solo guía a los visitantes por los canales y espejos de agua, sino que también les enseña a lanzar la atarraya, permitiéndoles vivir la experiencia real del pescador artesanal. Cada lanzamiento se convierte en una lección de técnica, paciencia y respeto por el ecosistema.

Además, durante los recorridos comparte los mitos y leyendas que habitan en el imaginario del territorio: historias que hablan de espíritus del agua, relatos de pescadores antiguos y narraciones que fortalecen la identidad cultural de la comunidad.
Su labor también incluye guiar recorridos de observación de AVIFAUNA, donde interpreta el paisaje, explica el comportamiento de las especies y sensibiliza sobre la importancia de proteger la Ciénaga. Lo que antes fue territorio de caza, hoy es aula viva para la conservación.

Con el tiempo entendió algo aún más profundo: proteger y conservar el territorio tiene más valor que explotarlo sin medida. En una época de su vida fue cazador; hoy es un defensor activo de la avifauna y de la ciénaga. Su historia es testimonio de transformación, resiliencia y conciencia ambiental.
Carlos Vizcaíno es ejemplo de evolución y compromiso. A sus casi 50 años dice estar enamorado de lo que hace, se siente orgulloso de aportar a su comunidad, de generar oportunidades y de demostrar que tradición, turismo y conservación pueden caminar de la mano.

Jaime Arnache
Fotógrafo Documental




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